La increíble historia de amor que dejó un tornado

A las 13.55 del 10 de enero de 1973 la localidad de San Justo (Santa Fe) vivió 5 minutos trágicos. Inolvidables.

Un tornado calificado con la escala más alta, F5, arrasó más de 80 vidas y dejó a unas 2.000 personas sin casa. Una localidad que en el principio de los 70 tenía unos 11.000 habitantes (para tener dimensión: es como si un fenómeno climático matara a 315.000 argentinos en un ratito).

Minutos antes el calor era insoportable. “No se podía respirar” cuentan los sobrevivientes. Algunos vieron desde las ventanas de sus casas “2 nubes: una muy, muy negra y otra rosa”.

(Foto: el diario Clarín con las primeras informaciones del tornado de San Justo)

Las nubes chocaron y desataron vientos de entre 400 y 500 kilómetros por hora. Incluso hay quienes dijeron registrar alguna ráfaga de más de 600.

Tractores, vacas, silos, chapas, autos, camiones… todo andaba girando por el aire. Para colmo no había donde guarecerse: el viento chupaba los pisos y los techos de las casas.

Pero el tornado de San Justo tuvo otro lado.

 

“Es mi hijo”

Antonia Cañete vivía junto a sus 7 hijos. Su esposo la había abandonado. Ese 10 de enero, se fue a trabajar a Colonia Maciel, a 200 kilómetros de San Justo. Dejó a Alejandro, su bebé de 11 meses, en la casa de la curandera Clara.

Clara Castillo curaba en su casa. A la hora del tornado estaba atendiendo a una mujer que había llegado con su bebé de 6 meses: Víctor. Su esposo y padre del nene, Hipólito Sánchez, estaba trabajando en el campo.

La casa de Clara quedó en ruinas. Víctor y su madre, murieron. Alejandro se salvó: apareció a 200 metros de la casa de Clara, arriba de unos escombros y con una fractura en la clavícula y un pequeño raspón.

Inmediatamente fue llevado a un hospital. Las enfermeras lo atendieron, se encariñaron y se preguntaron qué hacer, suponiendo que los padres de Alejandro habían muerto en el tornado.

(Foto: Alejandro, el periodista Cristian Chapelet y Antonia)

Cuando Hipólito volvió se encontró con la noticia: su esposa y su hijito habían muerto. Cuando fue al hospital y vio a Alejandro -unos pocos meses más grande que su hijo fallecido- tomó una decisión: “Este es mi hijo” dijo en el hospital. Sin documentos, en medio del caos y ante la desesperación del hombre, dieron por cierta su paternidad. Y Alejandro se fue con el hachero.

Antonia creyó que ese nene encontrado en los escombros era su hijo pero la respuesta fue: “No señora, no es su hijo. Su padre ya vino a buscarlo”. Se pasó años llevando flores a una tumba en la que no estaba su hijo.

Con el paso del tiempo, Hipólito -el falso papá- se dio cuenta de que su trabajo en el campo y la falta de una madre que lo ayudara en la crianza del niño del que se había apoderado, le hacían imposible ser padre. Alejandro fue dado en adopción a una familia de Quilmes. Jamás volvió a saber de su supuesto padre, Hipólito.

 

Gente que busca gente

Alejandro creció. Un día fue hasta el canal de televisión América. El programa “Gente que busca gente” sería la oportunidad de volver a encntrarse con Hipólito, aquel “padre” que lo había dado en adopción.

Frente a cámaras contó su versión: “Me llamo Víctor, mi mamá murió en el tornado de San Justo, mi papá es un hachero llamado Hipólito”.

Una amiga de Antonia Cañete no podía creer lo que estaba viendo.

-Antonia, tu hijo Alejandro está en la tele.

Aquella duda que doña Cañete siempre había tenido, encontraba algo concreto. Llamó a un amigo, el periodista Cristian Chapelet (de Radio Departamental de San Justo), para que le diera una mano. Se fueron a Buenos Aires. Tras varias idas y vueltas, consiguieron que desde la producción del programa creyeran la historia que relataban Antonia y Chapelet.

Hubo ADN. Antonia y el falso Víctor eran madre e hijo.

Franco Bagnato, conductor de “Gente que busca gente”, se acercó al joven y lo dejó helado:

-Te queremos contar que tu nombre no es Víctor, que te llamás Alejandro, que tu verdadera mamá no está muerta y  está acá.