El 16 de julio de 1830 es una fecha de las importantes en la historia bahiense. Ese día el comandante de la Fortaleza Protectora Argentina, José Paulino Rojas, mató a su esposa.
Don Paulino había llegado a Bahía Blanca en enero de 1830 para estar al frente de la fortificación que recién nacía. Vino con su compañera Encarnación Fierro. Él tenía 34 años; ella, 24.
Rojas tenía muchos pergaminos para estar en donde lo pusieron: el 2 de marzo de 1814 ingresó al Regimiento de Granaderos a Caballo. 13 años después, el 20 de febrero de 1827, obtuvo los galones de Coronel.
Peleó en Chacabuco, Curapaligüe, Gavilán, en el sitio de Talcahuano, Cancha Rayada y Maipú. En el Perú, intervino en el asalto a la fortaleza del Callao –donde rescató al fundador de Bahía Blanca, coronel Ramón Estomba, tras 7 años de sometimientos en ese campo de concentración-, y en los combates de Maqueguá, Junín y finalmente Ayacucho.
Por su valor y desempeño, había sido condecorado en Chile, después en Perú por José de San Martín en Perú con la Orden del Sol y finalmente por Simón Bolívar.
Después de 6 meses en nuestra incipiente ciudad, Paulino decidió volverse a Buenos Aires. El objetivo era devolver a Encarnación a su familia original. Según su versión ella le era infiel. Quería alejarla de esos amoríos.

Ese 16 de julio de 1830 hizo un almuerzo de despedida. Ella se fue a su cuarto. Se la escuchó llorar. Él entró a la pieza, discutieron una vez más y se escuchó un disparo. La bala entró de arriba hacia abajo en un costado del cuerpo de Encarnación. No había nada que hacer: estaba muerta.
La goleta Sarandí que los iba a llevar de regreso a Buenos Aires, ahora se transformó en el transporte de traslado de un sospechoso de asesinato.
En Buenos Aires, él fue juzgado defendido por el sobrino de Belgrano. La sentencia: 5 años de cárcel.
En Bahía todos lo señalaban como el autor del disparo mortal. Él decía que Encarnación se había suicidado. Pero los jueces no le creyeron.

Al fiscal Agrelo la pena le pareció escasa, quizás un poco influenciado por la opinión pública que casi no hablaba de otro tema por esos días. Agrelo pidió pena de muerte.
La familia de Paulino no encontraba abogado que quisiera defender a un hombre casi condenado de antemano. Pero apareció uno: Valentín Alsina. Y ad honorem sacó un buen resultado: 8 años de cárcel.
Entre los argumentos, Valentín no dudó en usar el clima patriarcal de la época: si ella había sido infiel, había un atenuante para que Paulino tomara semejante decisión.

A los 2 años, don Paulino tuvo un premio mayor: Juan Manuel de Rosas lo indultó. Tanto servicio a la Patria era una razón más que suficiente para que Rojas dejara la cárcel y volviera a su trabajo.
Pero sería el mismo Rosas quien 3 años después dispondría su pena de muerte.
¿Qué pasó? Rojas fue aliado de Balcarce en la interna federal de la Guerra de los Restauradores. Rosas lo tomó como una traición y el 29 de mayo de 1835 lo puso frente al pelotón de fusilamiento.
-Me he hallado en 22 combates, y nunca las balas extranjeras tocaron mi cuerpo; hoy van a traspasarme las de mis paisanos. Muero inocente –fueron las últimas palabras de don José Paulino Rojas.