El hombre que ve gente muerta

“Yo creo en Dios. Y que hay vida después de la muerte. Pero no sé cómo será eso”.
Sergio Dieguez lo dice como al pasar. Lo dice como algo natural. Como si hubiera que creer lo que cree.
La muerte le anda siempre cerca a Sergio. Le anda cerca desde el 14 de septiembre de 1987 a las 8 de la mañana.
En 17 de Agosto (partido de Puan) no había mucho para hacer. Sergio ya tenía 25 años, ya estaba casado, ya tenía una hija de dos años, ya tenía pensado que había que cambiar el futuro.
Unos meses antes de aquel 14 de septiembre se vino a Bahía. Trabajó dos o tres meses repartiendo especias para Don Ubaldo. Un aviso en el diario pedía personal para la empresa fúnebre Ferrandi.
“Sí, sí, me presenté…”.
-No me va a decir que no le causó un poquito de escozor trabajar en una empresa fúnebre…
-No, ja, ja… Yo soy medio frío… Nunca tuve problemas con eso. Soy un poco especial.
Primero limpió los vehículos. Y después le tocó. Le tocó eso de andar con los muertos. Eso de ir a buscarlos al hospital, a una casa o a donde haya pasado lo que siempre pasa.
Todo empieza cuando alguien se acerca y dice “vengo a contratar un servicio”.
“Casi siempre viene el que menos afectado está. Nos dice dónde está y lo vamos a buscar”.
Sergio no dice muerto, ni cadáver, ni cuerpo, ni nada. Habla de “donde está”, “lo vamos a buscar”. Para él, el muerto es un sujeto. Tácito.
Y repite: “Este es un trabajo como cualquier otro”.
-No me va a decir que cuando le preguntan dónde trabaja no le dicen algo.
-Sí… obvio. Enseguida alguien dice “contame, contame, debés tener miles de historias”.
-¿Y? ¿Hay miles de historias?
-No, nunca me pasó nada raro, ni escuché que a algún compañero le haya pasado algo raro.
-Entonces, nunca se levantó un muerto o tuvo un espasmo que lo asustara.
-No. A veces la gente viene y te dice “me parece que está vivo”, pero por lo general es gente mayor, hay que entenderlos, es más por el deseo o por no aceptar lo que pasó que lo que hay en realidad.
Y por enésima vez lo dice: “Este es un trabajo como cualquier otro”.

En una silla.

Sergio hizo de todo en la empresa fúnebre antes de llegar a encargado. También ir a buscar a esos sujetos tácitos después de un accidente.
“Cuando los vemos un poco deteriorados les decimos a los familiares que lo mejor es velarlos a cajón cerrado”.
-¿Y lo entienden?
-Sí. Lo que pasa que el 90% de los velatorios se hacen a cajón abierto.
-¿Qué se le hace a un cadáver antes de ponerlo en un cajón?
-Hay cosas que para nosotros son comunes que para la gente no lo es tanto. A veces vamos a buscarlos a un edificio y debemos bajarlos en un ascensor en los que no entra una camilla.
-¿Y?
-Los ponemos en una silla, tapados, y los bajamos.
-¿Y si alguien quiere subir al ascensor en ese momento?
-Nooo, siempre hablamos con el portero para que le pida a la gente que espere un momento o que vaya por la escalera. Tratamos de hacerlo a la vista de la menor cantidad de gente posible.
Después llega el momento de vestirlos. Traje, camisa, zapatos, un vestido…
“Todo eso se hace en privado. No hay gente porque por ahí la forma de maniobrar un cuerpo puede prestarse a un momento desagradable. Algunos piden que los afeitemos o que les pongamos un poco de maquillaje, pero muchas veces eso lo hacen los mismos familiares”.
-¿Por qué a veces se les ponen algodones en las fosas nasales?
-Puede ser porque tengan alguna pérdida. A veces también se les puede poner una cinta en la boca. Hay cuerpos que pueden perder líquidos y eso queda desagradable, feo de ver.

Noches de tormenta.

Tanto ha convivido Sergio con la muerte en los últimos 23 años que relata algo curioso como algo normal.
“He llevado en la carroza (el auto en los que van los féretros) hasta Salta, Misiones…”.
-¡¿Qué?! ¿Iba manejando con un muerto atrás?
-Sí, hasta en noches de tormenta, rayos… Y he tenido que parar a dormir en la ruta.
No me va a decir que nunca se asustó ni un poquito…
No… ¿Qué va a pasar? Este es un trabajo como cualquier otro.
Y cuando para a cargar nafta.
Y… ahí sí, los muchachos miran, por ahí preguntan algo. Pero en muchas estaciones de servicio ya nos conocen.
Mientras Sergio va y viene por la empresa fúnebre, hay otros que sufren. Y lloran. Sergio dice que ya se hizo impermeable a los llantos. Que casi no los escucha. Que son parte de su trabajo. Ese trabajo que es como cualquier otro. En el final cede. Pero sólo para dar una arremetida final.

12 horas.

Sergio Dieguez explica: “Las personas por lo general son veladas al menos 12 horas. A veces puede quedar en depósito a la espera de que llegue algún familiar o amigo que vive lejos, pero no se sigue velando. Lo que se usa desde hace un tiempo es cerrar la sala a la noche. No sé bien por qué se hace, quizás porque no tiene sentido estar toda una noche ahí. Eso se deja a criterio de la familia”.

Ingrato.

“Puede ser un trabajo ingrato. Pero más ingrato es el del médico o el de la enfermera a los que se les muere una persona. Ellos están en la etapa en donde todavía luchan por la vida. Y encima después se lo tienen que decir a los familiares. Cuando nosotros llegamos ya está muerto”

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