170 cuchilladas para sacarle a Satanás

-Papá, papá… tenés a Satanás…–gritaba Silvina Vázquez.

Su idea era descascarar a su padre con un cuchillo para sacarle al Diablo.

-Quería ver a mi papá otra vez.

***

Los Vázquez vivían en Lomas del Mirador (La Matanza). Juan Carlos era ferretero y Aurora Gamarra se dividió entre ama de casa y dueña de un quiosco.

Ella era de Entre Ríos. Se crió en conventos. Era hija de una familia que la había abandonado. Él era un salteño de Cafayate. A los 15 años dejó su pueblo para buscar futuro en la Capital. Trabajó en una bulonera y terminó el secundario de noche.

Tras el enamoramiento vino el casamiento y también sus hijas Silvina y Gabriela.

La diabetes de Aurora empezó a profundizarse. Sufrió amputaciones. Jornadas interminables de controles… Hasta su fallecimiento en 1993.

En 1997 Juan Carlos, Silvina y Gabriela dejaron La Matanza. Su nuevo domicilio era Villa Urquiza en la Capital. El estaría más cerca de su trabajo y eso le permitiría también estar más cerca de sus hijas.

Pero algo dejó de funcionar.

* * *

En esa nueva casa de la calle Manuela Pedraza de Capital Federal las chicas empezaron a sentir algo: entendían que su madre no descansaba en paz.

Esta obsesión sobre el descanso de la madre llevó a Silvina –la menor con 17 años- a un deterioro de su salud mental: escuchaba voces y creía que vivían en una casa poseída. Gabriela –de 25- entró al mundo de las drogas.

A esta altura podrían estar padeciendo lo que en el campo de la salud mental se llama folie á deux (locura de 2). Un tratamiento psicótico compartido poco frecuente donde 2 o más personas estrechamente vinculadas comparten el mismo delirio.

Para que su madre pudiera descansar en paz se les ocurrió que lo mejor era un exorcismo. Fueron a  la iglesia del barrio, Santa María de los Ángeles. El sacerdote les dio una solución: “Recen”. Y les preguntó si en esa casa en la que vivían ahora había muerto alguien. El dueño de la casa dijo que “no” ante la consulta de las hermanas Vázquez: “Ni muertos ni enterrados. Acá había un taller, nunca vivió nadie”.

El cura les recomendó el Centro Alquímico Transmutar porque ahí había un hombre que tenía un elixir para conectarse con los espíritus. Ellas y el padre se bañaron con el líquido blanco. Y después rezaban 7 Ave Marías, 7 Padre Nuestros y 7 Glorias. Pedían por el alma de Aurora.

* * *

-No era una voz grave de mujer, era un hombre. Yo escuché a un hombre que gritaba “soy el Purificador, soy el Purificador” –dice el policía.

Esa madrugada del 27 de marzo de 2000, todo terminó. Mal.

Los rezos, la música, los gritos fueron demasiado para un barrio que ya la venía pasando mal con los Vázquez como vecinos. Especialmente en las noches y madrugadas… cuando la casa se activaba con luces de velas y penumbras observables desde la vereda.

Los policías no podían entrar. Sólo miraban desde la cerradura hasta que llegara la orden judicial que tardó más de 40 minutos.

Se abrió la puerta. Juan Carlos Vázquez chorreaba sus últimas gotas de sangre agarrado de la baranda de la escalera. Tenía una mejilla arrancada a mordiscones. Silvina seguía aferrada al cuchillo y no paraba de decir “Soy el Purificador, soy el Purificador” con voz de Diablo. Gabriela miraba.

No fue lo único que encontraron los policías.

El torso, el abdomen y la ingle de Juan Carlos tenían tajos con inscripciones hechas a cuchillo. No tenía cuero cabelludo y le faltaba una oreja. En el pecho, un triángulo encerrado con un círculo para purificarlo. Y la herida 170. La que fue mortal y en el cuello.

Vómitos, caca, semen, restos de comidas, colchones… desparramados por toda la casa. En esos colchones durmieron los 3 juntos las últimas noches porque la planta alta estaba poseída.

Velas rituales dispersas. Biblias y libros esotéricos abiertos. Sangre que caía del techo. Espejos rotos.

-Nunca entramos a un lugar tan terrorífico –coincidieron los 2 policías que abrieron la puerta.

Silvina seguía gritando: “¡Ángel de Luz!, ¡Hermana, hermana! ¡Liberamos a papá del demonio, y ahora te voy a liberar a ti!”. Estaba en trance: “¡Demonios, demonios, no se metan! ¡Ahora papá va a renacer y será un hombre bueno!”. “Recemos por mamá… ¡Mamita, mamita, te vengamos!”.

* * *

A Gabriela y Silvina les hicieron peritajes psicológicos y psiquiátricos en el Hospital Pirovano.

La psicóloga dijo que la más chica de las Vázquez no paraba de cantar ‘¡Oh, Señor, te amo Señor, ya se fue Satanás!’. Repetía que su padre estaba poseído y que al sacar a Satanás del cuerpo de su papá, entró en el de su hermana. Seguía teniendo ataques.

Gabriela decía que “Satán gobierna el mundo, el mal nos busca para destruirnos. Necesito un exorcista y Silvina también”.

El informe dictaminó: “Ambas presentan índices médicos legales de peligrosidad para sí y/o para terceros. Se recomienda la internación psiquiátrica en un instituto de máxima seguridad”. Y agregó: “Silvina y Gabriela Vázquez formaron una díada en la que se influenciaron recíprocamente con el tema demoníaco, en el cual creyeron con una convicción altamente delirante en la presencia del Demonio, cayendo finalmente en el fárrago de los hechos ilícitos de su causa, y finalizaron por consumar un tétrico parricidio”.

Un pabellón del neuropsiquiátrico Braulio Moyano fue su nuevo hogar.

Para el juez Corvalán de la Colina “no protagonizaron una conjura exorcista: sólo produjeron una sucesión de actos desorganizados, disparatados y absolutamente psicóticos que culminaron con la patética muerte de su padre”.

* * *

Hoy Gabriela y Silvina son inimputables. El juez dijo que Gabriela no participó del hecho y la absolvió.

Silvina fue la culpable pero…

-No había forma de hacerle pagar una pena por un delito que no estaba en condiciones de entender.